Publicado por: unpaisenlasalforjas


Un país en las alforjasAunque estamos en el hostal El cruce, que está casi en la salida del pueblo en dirección Camino de Santiago, volvemos hacia la plaza mayor para desayunar y para sacar dinero, que posiblemente no tengamos más oportunidad hasta Sarria.

Pero hete aquí, que mi rueda trasera está pinchada, así que intento hincharla un poco para bajar hasta la plaza Mayor pero no aguanta el aire ni un ratito. Así que andando hasta el centro. Mientras desayunamos reparo el pinchazo y como no, perdemos de nuevo un tiempo precioso que hoy nos va a hacer falta.

Un país en las alforjasTomamos camino de nuevo hacia el lado donde hemos dormido y ya nos damos cuenta de la cantidad de peregrinos que vamos a encontrarnos hoy. Esto ya no es el Camino Olvidado, y se nota.

Tenemos que cubrir unos 25 kilómetros hasta las Herrerías donde empieza la subida de verdad a O Cebreiro, aunque esos 25 kilómetros, aunque de forma suave ya van picando hacia arriba.

Un país en las alforjasO Cebreiro tiene tres formas de subirse: una por camino, para peregrinos a pie, otra por carretera que es más larga pero más asequible para bicicletas y la última por Piedrafita, que es más larga aún y con menos pendiente. Elegimos la de carretera, como casi siempre, y tenemos por delante 450 metros de desnivel en unos 10 kilómetros, con algunas rampas realmente duras y largas.

Y el calor y las moscas hacen que aún sea más dura la subida. Sobre la una de la tarde estábamos en La Laguna, después de subir los 300 metros más duros del puerto, y ya aprovechamos para comer y reponer fuerzas y energías para el resto. La idea era tomar un bocadillo y seguir, pero el menú tenía demasiada buena pinta, y total, pensábamos comer en O Cebreiro así que aprovechamos la ocasión.

Un país en las alforjasY nos vino bien, porque tras la parada el resto de la subida hasta el alto se nos hizo bastante llevadera. Bien es verdad que el desnivel bajaba un poco respecto al primer tramo, pero aún así se hizo rápido.

En O Cebreiro paramos a tomar un café y seguimos hacia el Alto del Poio, tomando todo el camino posible. Hasta el alto del Poio por camino hay algunas rampas imposibles que nos hacen bajarnos de la bicicleta. Son poca cosa, pero te hacen sudar lo que te quedaba por sudar del puerto anterior.

Un país en las alforjasA partir de aquí empieza la gran bajada, que si se toma por camino es una auténtica gozada, pero en una de las bajadas una piedra mal puesta agujereó la cubierta de la rueda trasera de Carolina, y por ahí vino también un pinchazo. Se vació la rueda al instante, así que tuvimos que parar a reparar. Sacar la rueda trasera de la bicicleta de Carolina no es sencillo, hay que usar llave inglesa, separar los tirantes traseros a pulso para sacar la rueda y luego para ponerla, desconectar cableado... en fin, un liollo.

Cambiamos la cámara y volvió a pincharse, aguantaba un poco el aire pero volvía a deshincharse al rato. Así estuivimos durante una gran parte de la tarde, y empezamos a perder el poco tiempo que nos quedaba para llegar a Sarria, y aún nos quedaban 30 kilómetros.

Un país en las alforjasA eso de las 6, Javier nos escribió para decirnos que ya estaba en Sarria, así que aprovechando la avanzadilla le pedí que me buscase una cubierta nueva para la bici, porque nosotros posiblemente llegásemos ya con las tiendas cerradas. Enseguida se puso manos a la obra y me consiguió el repuesto. No hay como tener amigos.

Mientras tanto nosotros seguíamos intentando reparar la rueda, y ahora ya no nos quedaba más que ponernos a poner parches en los pinchazos. Pero eso hecho con prisas nunca funciona bien. Al menos ahora ya no se iba el aire tan rápido, y aguantaba más. Aún tuvimos que pararnos dos veces más antes de Samos para hinchar la rueda, y en dicho pueblo ir a una gasolinera para hinchar de nuevo.

Casi se nos echaba la noche encima y nos quedaban 15 kilómetros, aunque afortunadamente todos de bajada. Llegamos a Sarria con los últimos claros. 

Carol lleva arrastrando hace unos días un dolor de garganta que le suele afectar por las mañanas, y que le desaparece a medio día, pero que cada vez va a mas. Así que tuvimos que ir a un centro de salud para que la mirasen y le encargasen algo para solucionarle las molestias. Unos ibuprofenos y un jarabe y para casa. 

La pensión ya la teníamos reservada, y aunque tarde Norma y su chico se presentaron allí para abrirnos y ayudarnos a organizarnos con las bicis y las alforjas. Además tuvieron la amabilidad de llevarme en coche para recoger la cubierta que le encargué a Javier y que tenía guardada en su Albergue.

Un día completito, cargado de aventuras y desventuras que nos ha dejado exhaustos pero que al menos hemos conseguido superar.


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